“JOSÉ LUIS” UN PACIENTE FELIZ Y SATISFECHO
Lutzomía (manta blanca), causante de la conocida “sarna brava” (leishmaniasis) llegó accidentalmente el pasado septiembre a la vida de “José Luis”, un hábil jornalero, quien nunca lo imaginó. Lo que una vez fue una serie de historias, cuentos y anécdotas de abuelos, ahora es mi propia historia.
“José Luis”, habitante de la comuna Mashpi (Pacto), nunca imaginó que a sus 27 años, estaría sentado en un hospital contemplando los pacientes, los doctores y esperando ansioso, al Dr. Andrade. Vive con su familia y posee una gran fama por el esfuerzo, trabajo y buena pinta, con su hijo, y junto a Nora, su esposa, a esta hora (9 am) ya habían entregado 100 litros de leche al lechero.
Recuerdo que llegaba de cargar palmito de Pachijal, mi hijo Pepito se encontraba en el patio jugando, mientras que mi esposa terminaba con afán la merienda; yo entré a la casa, me saqué las botas y me recosté en la cama y fue cuando empezó todo. Temblaba, tenía escalofrío, una gran comezón, y supuse sería porque tomé un par de tragos, de repente un dolor en la frente y la mano, pero no presté atención, pensé que podría ser el cansancio del día. De inmediato se sintió más fuerte, la piel empezaba a explotar, mientras que la comezón era más seguida, solo pude pensar en levantarme inmediatamente y correr a bañarme, pero el dolor era tan intenso que me regresé al cuarto. Fue entonces que Nora corrió en mi auxilio, el mal me había caído, y pensé “aquí muero”. Entonces, mi mujer salió corriendo y abrió la puerta. Al acercarme a la ventana, frente a mi casa, estaba mi esposa golpeando la puerta de Doña Rita, sin saber qué hacer, me pregunté “¿Qué hago Dios mío? Será que me brujearon”. Mientras pensaba en aquello, repentinamente Doña Rita comenzó a gritar -!QUEMEN UNA PILA¡- Sentí correr por mi cuerpo un fuego al rojo vivo, junto a unas pomadas y aguas, ya amanecía y me preguntaba a mí mismo -hay doctores que deben curar este mal sin tanto sufrimiento, ¿Qué hago?- Entonces me vi en el espejo, era un horrible hombre quemado y sudoroso, deje a mi hijo con Doña Rita y bajamos con mi esposa a Pacto.
Con angustia, llegamos al Centro de Salud, explicamos lo que pasó, después de una preguntadera, nos enviaron con dos hojas al Hospital Nanegalito, nos recibieron, me tomaron la presión y me hicieron unos exámenes, al fin nos dijeron lo que tenía. Ya sin tiempo para almorzar, de sopetón nos dijeron que debo seguir un tratamiento de casi dos meses, nos explicaron que tengo la “sarna brava” decidimos con la Nora confiar y seguir las indicaciones para curarme pronto, tomé un par de billetes y todas las monedas que encontré en el bolsillo, se las entregué a Nora para que compre algo de comida y alquile una camioneta para ir a la casa, mientras a mí me curaban en el Hospital.
Había ratos en los que sentí una presión en el corazón, sobre todo por lo costoso que saldría todo el tratamiento, pero Nora valiente, con una lágrima en la mejilla, me dio un abrazo de fortaleza, en aquel instante mi adrenalina era más fuerte, tan fuerte que no daba lugar al dolor. Entonces vi un rostro conocido, -¡Don Carlitos!- grité -¿y ese milagro?- a lo que respondió -¡vecinito, he venido a llevarle, el guagua está bien en la finca! Apure nos vamos de aquí, -no pensé dos veces, tenía que trabajar, de un brinco ya estuve en la salida-. ¡Espere Don José, falta la medicación! me dijo una enfermera. Mientras esperaba me explicaron todo el tratamiento y la importancia de ser disciplinado, afuerita ya estaba mi esposa instalada en la camioneta –que alivio, la carrera no costaría tanto, porque Don Carlitos había usado fondos del Comité Local de Salud-. Fueron largos días de espera, volví a los siete días, más sano, regresé a los 20 días, cumplí todas las indicaciones, la mejoría fue un evidente milagro –con el famoso antimonio de meglumina, hasta el nombre ya me sé-.
Han pasado 15 días más y sé que es mi último día con el Dr. Andrade y con el hospital, he venido puntualmente y sin descanso a todas las citas. Agradecimiento y confianza es lo que guardo, siendo sincero algún momento, tuve sentimientos de angustia y desconfianza, pero ahora sé que en nuestro sector rural hay profesionales excelentes, que nos tratan bien y nos curan. Pensativo y con una mirada de alegría, “José Luis” enmudece al ver caminar por el pasillo al Dr. Andrade, un saludo con un fuerte apretón de manos.
“José Luis” menciona -¡En adelante trabajaré con más cuidado!- y se despide animado con el mensaje de que no olviden su voz, ¡el hospital Nanegalito es el mejor del Ecuador!
English
French
German
Italian
